SILVINO EDWARD
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La mala costumbre de no fregar

Fregamos por la mañana y nos preparamos para servir el día entero, haciendo buche en vitaminas de servicio silente. Lo que cuesta cada cotidianidad es lo que cuesta cada paso cuesta arriba hacia el cambio, y hay que ser Sísifo. No hay recompensa, sólo está la diligencia que dios le da a cada miembro de su familia inmensa. No soy Mesías, pero admito ser mi propio mártir lavando platos de otro doblando mejillas como un Cristo. Los que no friegan se acostumbran a que le hagan el bien por ellos. Las cotidianidades se olvidan rápido pero lo que no se limpia se acumula y le toca a alguien tarde o temprano.

Uno aprende a vivir escuchando cuando friega atento al agua cayendo. Las manos se limpian y las ansiedades se calman escarbando y resucitando blancura blanda de porcelana recién pulida. Para que se nos blanqueen las manos, para triunfar en ejercicios que son pagos de paciencia, para no dejarnos intimidar por tantos platos en bandada acumulados como botas de soldado. Los platos limpios no huelen a nada porque la limpieza no viene con aromas, por eso no uso perfumes. Cuando lavo lanzo redes, esperando que mi ejemplo saque escamas en los ojos de otros. Porque me veo reflejado en los platos cuando limpio y me pongo en sintonía con mi propia humanidad revoloteada, ennegrecida. Porque la vida se nos va entre calderos de habichuela y lasaña, verdura hervida y pan tostado. Se nos va como café que sube por la greca destilándose. Y como el café nos debemos un destino punzante y dulce, que las metas sean puños de calor a la lengua, derechazos para mantenernos alerta. ­

El que friega es más atento a pormenores del hogar; el gotero y la grieta, las varillas en el techo y su moho asomado, el enjuague del cemento con agua a presión en días de calor. El que no friega, acostumbra a no usar hilo dental, pues son el mismo nivel de dificultad. Hay que velar al hombre en sus actuaciones de poca complejidad, a ver si se atreve hacer hasta lo que no se le asigna, a ver si es con sus manos que recoge y restituye. Por eso confío en familias que no usan lava-platos. Confío en los hombres que lavan y no dicen nada, que no los entorpecen las virtudes marginales. Que no se detienen a celebrar el no comerse una luz o pagar cuentas a tiempo, mejorar es trascender una exigencia mínima sin sorprendernos.

Será dando en cotidianidades que distinguiremos a los buenos de los santos, quienes pondrán de moda lo que nos compelía desde un principio, los que darán el mejor incentivo para remendar lo que se ha trastocado. No me creo uno de ellos hoy por hoy para llegar a Sísifo le hace falta más peso a mi empuje, más masa en mi espalda y una recta más empinada. Pero en la cocina que es mi voluntad liviana quiero convertirme en el gran recogedor de hasta la más dócil migaja.   

Silvino EdwardComment