SILVINO EDWARD
SILVINO EDWARD

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Puerto de San Antonio

Por la pesca y el olor a pez me fui andando en San Antonio sin buscar amor en los camarones. Aún en ese mar callado me instalé boyitas como almohadas de antebrazo. El mar fue mío y de todos los que pescaban por su premio. Los que traían en él y por sus puertos la carga de los vecinales. El pan nuestro de cada día impasible.

El día fue invencible, en el mar la vida más sabrosa sin oleaje dependiendo de quién preguntase y quien   contestaba. Encontré redes tapizadas de prontos ceviches. Y focas que le devuelven a uno la misma curiosa sonrisa de asombro. Busqué el pescado en mí y lo encontré resbaladizo y crudo. Quitándome las boyitas aprendí a nadar, a zambullirme escapando el oleaje, el manicomio del puerto y sus espadas. Pasar las horas bajo el agua da lo mismo que casi ni darse cuenta de lo que traga o escupe la marea. Debajo del agua hay hombres por ser peces. Patinadores son.

Pienso escaparme con los tiburones a ver si las otras bahías conocen del toma y dame de mi puerto labrador. Me dicen que hay bahías con bañistas vacacionando. No lo podré creer hasta verlo. Me cuentan de nobles redes que no intimidan a especies de escasa cuota. Me cuentan de los precios que algunos gordos pagan por los bastardos atunes del norte, y de los platos que han logrado confeccionarle en su honor o deuda.

No me arrepentiré si al salir de aquí, a penas libre, aun me cazan. Pero no quisiera ser plato de mesa al menos que yo mismo me prepare.     

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